Hace casi veinte años, dos niños coincidieron en una escuela de música y danza, pero lo que los unió no fue un simple encuentro, sino unas clases de bachata y un vals que marcaron el inicio de algo especial. Entre pasos de baile torpes y risas inocentes, sin saberlo, sembraron una semilla que el tiempo se encargaría de cuidar.
La vida, como suele hacer, los llevó por distintos caminos. Pasaron los años, los juegos cambiaron, los sueños crecieron y la rutina pareció enterrar aquel recuerdo. Pero el destino —ese que siempre actúa a su antojo— tenía otros planes.
Fue en un cálido verano de 2016 cuando, casi como si el universo hubiese conspirado, se reencontraron. Ya no eran niños, pero en sus miradas aún brillaba algo familiar. Esta vez no fueron clases de baile lo que los unió, sino la certeza de que estaban donde debían estar.
Desde entonces, han compartido risas, viajes, sueños y silencios. Y ahora, tras todo lo vivido, comienza la cuenta atrás para el gran día. Ese día en que, frente a quienes más quieren, prometerán caminar juntos el resto del camino.
Porque hay historias que nacen temprano, se duermen por un tiempo, y luego despiertan con fuerza… para quedarse para siempre.